Albert Cruells. Aiguafreda. 1947. Once de setiembre






Nació un once de setiembre, cuando el once de setiembre era solo un once de setiembre.
Aquellos eran tiempos en que los curas olían a cera agria, y las monjas, a musgo rancio. Cuando siempre hacía frío. Cuando la Guardia Civil acojonaba hasta de lejos. Tiempos de cielo, infierno, limbo y purgatorio. De cine en blanco y negro de doble sesión. De viejas desdentadas rezando el rosario. Tiempos de José Antonio y Franco. De Lola Flores y Gary Cooper. De coronas de laurel en las fachadas de las iglesias para honrar a los caídos por Dios y por la Patria.
Ya desde sus primeros años, cuatro, cinco, seis, Albert se refugió en una obsesiva necesidad de dibujar y pintar. Para él, era lo normal, lo cotidiano. Simplemente, es lo que hacía. "Era un niño asilvestrado pegado a una brocha, cosa que sigo siendo".Todo este tiempo lo pasó en casa de sus abuelos. Allí todo era estimulante, natural. La vida y la muerte.
La vida, porque siempre estaban plantando patatas, lechugas y tomates.
Y la muerte. Su abuelo, y él de cómplice, desplumában a diario cuantas gallinas, hicieran falta para la clientela local.
Su abuelo fue pastor, carnicero y alcalde. Su abuela, era una cocinera excepcional. Pasó toda su vida cocinando, o mejor, guisando. Esto que ya nadie sabe lo que es, porque guisar implica tiempo.
La única habilidad de Albert era hacer mayonesa a mano. "Recuerdo que el brazo me quedaba anestesiado, como la mejilla después de un buen ostión del cura local por olvidar un 'ora pronobis', causa del anticlericalismo visceral que, grácias a Dios, todavía profeso". "La compañera incondicional de mi infancia fue una cabra, Rita". Hasta el día que se despeñó por un barranco, Rita le acompañó como su sombra en todas sus excursiones pictóricas.
A los ochos años realizó su primera exposición en la carnicería de su abuelo.
Acabó el bachillerato en un colegio de curas mustios, en un pueblo de niebla crónica.
Y de repente se hizo la luz. Albert redescubrió la vida en la emblemática Academia Baixas, en Barcelona, paso imprescindible para ingresar en la escuela de Arquitectura. Quería ser arquitecto. Allí se preparó exhaustivamente durante tres años, en el dibujo al carbón de la escultura clásica griega y romana, en un bosque de estatuas con mas polvo que yeso.
A los dieciocho años ingresó en Arquitectura. En la década de los sesenta entró en contacto, de lleno y con avidez infinita, con algunos de los mas avanzados artistas de una Barcelona en plena ebullición creativa. Pintores, músicos, economistas, escritores, cineastas, etc.
Lo de Arquitectura fue un fracaso. Para variar vivía solo y llenaba el tiempo, como siempre, pintando y cocinando. Y, a poder ser, las dos cosas a la vez. "Uno evoluciona pero no cambia".
Aprendió a recorrer los mercados y sus buenas gentes. "La gente del los mercados exhibe una felicidad exultante, una vitalidad inusitada, inagotable y contagiosa. Una de las pocas virtudes que creo poseer".A todo esto se casó con la maniquí más guapa de Barcelona y musa de la modernidad más radiante y vigorosa. La de Vinçón, Zeleste y Bocaccio, la de la Gauche Divine. Lou Reed y Frank Zappa. Nueva York y Cadaqués. En aquellos tiempos Nueva York era el centro del mundo grande, y Cadaqués el centro del mundo pequeño, donde aprendieron a perder el tiempo Peter Harnden, Paul Elouard, Marcel Duchamp, la tramontana, algunas moscas, y millones de erizos de mar.
Hasta hoy, Albert no he dejado de pintar ni un solo día de su vida, encontrándose la mayor parte de su obra en manos privadas, incluyendo las suyas.
Entre sus coleccionistas se encuentran: políticos, banqueros, empresarios, abogados, marchands, artistas, algunos de los cocineros españoles más importantes del mundo, empresarios hoteleros, personajes del cine y la televisión, estudios de arquitectura, etc."Hoy en día, mi tiempo transcurre entre los estudios de Barcelona, Aiguafreda, y Cadaqués",
Albert confiesa pasar largas temporadas encerrado en el estudio de Cadaqués (Costa Brava), con la bendita compensación de disfrutar, mas a menudo de lo que debiera, de fantásticas comidas frente al mar, con Iska, Alfredo, Moises y los entrañables pescadores de Port Lligat, presididos por el Linares y la Mercè.
Y así, día tras día, sigue compartiendo la vida con sus perros, Tila, Gau , Tina, Chica, Mora, Negrita, Guapa, y Yuyu. Con gallinas y ocas. Con sus hijos Javier y Daniel. Y con Ingrid, su eterna compañera de trabajo que, según él, no sabe como todavía le aguanta."Y así espero morirme algún día pintando o cocinando, o las dos cosas a la vez."
Porque todo lo demás es ruido".